Jueves, 01 de enero de 2009
Alguien a cargo. La verdad, no era demasiado difícil darse cuenta a quién. Dándose levemente la vuelta en su sillón, Silvia escudriñó las tres posibilidades: Elis pretendiendo trabajar, cuando en realidad estaba dibujando los formularios que debía firmar, Max disimulando el hecho de que estaba jugando con su joystick, y Dana trabajando ajena a todo.

 

La pacífica mujer volvió su mirada al escritorio, y sonriéndole al blondo caballero que trataba de conquistarla con sus ojos verdes, apretó el interno, suponiendo que iba a pasar lo de siempre.

 

- Señorita Dana, alguien la busca...

 

- Que atienda Max... -respondió ella.

 

- Señor Max... -llamó Silvia, apretando el otro interno, y bajando la voz- Alguien lo busca...

 

- Que atienda Dana...

 

Y viendo y considerando que la situación se repetía, y rechazando las intenciones de demorar más al joven, la secretaria se dispuso a utilizar el interno de emergencia: la oficina de Elis. Pero para fortuna de la empresa, la colorada había reaccionado a tiempo, y llamando nuevamente a la mujer, dijo al teléfono:

 

- ¡Silvia! Yo tomo esto... -la aludida suspiró aliviada- Haz pasar al joven a mi oficina...

 

- Si, señorita... -respondió, y colgó- Por aquí caballero...

 

El rubio fue guiado hacia la oficina de Dana y, cuando Silvia le abrió la puerta para darle el paso, éste la saludó con un ademán caballeroso, y sostuvo la puerta para que no se esforzara. Agradeciéndole, entró en la oficina.

 

Sin embargo, algo detuvo su vista: una chica de veinte y tantos años, cabellos colorados, tez blanca e intrépidos ojos marrones lo recibió parada delante de su escritorio. Los ojos masculinos recorrieron el espectáculo de torneadas piernas, corta pollera negra, camisa gris perla, y aros plateados, que llevaba un bonito pañuelo en el cuello.

 

- Buenos días... -saludó ella al fin, simulando no haberse percatado de la forma en que él la había analizado- Soy Dana Cross... ¿En qué puedo servirte?

 

- Me parece que esta empresa me está gustando mucho... -sonrió él, y la chica entendió la indirecta, y sonrió femenina- Soy Nick Sachs, un gusto...

 

- Igualmente...

 

Él le tendió la mano para estrechársela y ella le extendió la propia, luciendo finas uñas largas y esmaltadas en color rojo, que remarcaban la piel blanquecina, Nick la dio vuelta delicadamente, y le dio un beso en el dorso, haciendo que la joven sonriera un poco sonrojada. A pesar de todo, y a través de la distancia, este espectáculo no fue muy bien recibido por Max, a quien -y desde lejos- el nuevo invitado no parecía haberle caído tan bien como a ella.

 

“Ese pedante...” pensó refunfuñando para sí. No se lo iba a permitir: si trataba de hacer eso con Elis encontraría el camino a su muerte. Y Dana también tendría su merecido, ya que estaba coqueteando con un cliente. Eso era inaudito.

 

Mientras tanto, en la oficina de la pelirroja, ella hablaba tranquilamente con Nick sobre la propuesta para irse a Buenos Aires. Sentada en su escritorio con una divertida sonrisa, miraba a los ojos verdes del rubio, que le hablaba de la propuesta.

 

- ¿Qué te parece, Dana? -preguntó recostándose sobre el sillón.

 

- Creo que es una muy buena idea... -respondió ella- ¿Me esperás que llamo a mis socios?

 

Inmediatamente, se acercó el teléfono, y apretó el interno de Elis, la llamó, y luego repitió el proceso con Max, viendo a través de las paredes de vidrio que a los ojos del morocho, juntarse con ese individuo no era de su preferencia.

 

Cuando Elis abrió la puerta de la oficina, el joven muchacho se paró de golpe, y miró a la fémina que acababa de entrar. Una jovencita rubia, menuda, que vestía pantalones negros ajustados y una camisa blanca que caía sobre su busto, remarcando sus curvas, con sus ojos celestes que perdieron el brillo al ver que el joven la estaba observando.

 

Nick le mostró su sonrisa compradora, pero Elis le devolvió una mirada de hielo que sólo hizo que Dana le propiciara una mirada asesina, en la que casi la instigaba a saludarlo melosamente al joven.

 

- Realmente que es muy linda la gente de este lugar... -susurró, pero ella lo escuchó- Soy Nick Sachs, encantado...

 

- Elis Dean... Encantada... -masculló ella.

 

La situación pareció mejorar cuando cierto morocho apareció en la habitación, pero este acontecimiento no fue la mejora que la colorada esperaba.

 

La sonrisa compradora de Nick cambió drásticamente al ver al hombre que acaba de entrar. De pasados veinte años, era morocho y de cabellos lacios, ojos grisáceos que escondían la niñez nunca perdida, sonrisa jovial, brazos musculados que se denotaban por la camisa que traía, y una pose segura remarcada por el hecho de que llevaba las manos en los bolsillos. La envidia acudió a sí: sin duda alguna, estaba frente a un ente superior.

 

Pero Max no opinaba lo mismo. Nick demostraba estar más cerca de los treinta, con el cabello rubio corto y despeinado a propósito, de donde resaltaba un pequeño arito en forma de argolla que le daban un aspecto más jovial. Con los ojos verdes y de mirada lánguida pero confiada, tenía brazos magramente marcados, y una postura firme, pero a la vez extraña. La envidia acudió a sí: sin duda alguna, estaba frente a un ente superior.

 

- Nick Sachs... en-can-ta-do... -saludó el rubio, al punto que sus palabras sonaban más como puñaladas de frío hielo, reflejando que en realidad desmentían lo que él sentía.

 

La única respuesta plausible era contestarle con palabras. La posibilidad de estrecharle la mano a un ser tan… tan… asquerosa y repulsivamente empalagoso, con ese maldito aro que a las chicas -sus chicas- les gustaba tanto, era casi -mejor dicho- era nula. Así que sin más, le contestó con el mismo tono helado de voz, como si nada más importara.

 

- Max Steam… un-gus-to… -y cada palabra resonó en el ahora frío y tenso ambiente.

 

- Nick me hablaba de las propuestas para ir a Buenos Aires… -dijo Dana, para cortar el frío.

 

- Si, si… Les comento a ustedes también.

 

Y sin nada más, se pusieron a hablar de los planes, requerimientos, proyectos y demás. Ese mediodía almorzaron los cuatro juntos, muy a pesar de Max, y luego de una pequeña “charla privada” de Dana y Elis, la rubia ahora sonreía y charlaba amenamente, si bien las dos amigas sabían que era pura falsedad.

 

Luego, por la tarde, los tres amigos le mostraron la presentación que habían estado preparando durante las últimas dos semanas, y Sachs se mostró muy conforme. Asintiendo con la cabeza, dio su sentencia final:

 

- La presentación está terminada y es muy buena, honesta y convincente... -los tres suspiraron para sí- Así que sólo resta que mañana vayamos a Buenos Aires, con Elis...

 

Al escuchar estas palabras Dana arqueó una ceja, y Max se ahogó con el café que estaba bebiendo. ¿Estaba loco? No lo permitirían de ninguna forma: ella porque temía por el futuro de su empresa, y el otro porque no soportaría dejarla en las garras de ese asqueroso pedante.

 

- No, gracias... -respondió Elis.

 

Por más de que parecía sumamente tonta e inocente, la rubia no pensaba ir -y mucho menos sola- ya que no quería cargar el peso de tremenda oportunidad sobre sus hombros, y porque sabía que con ese hombre a solas, corría un cierto grado de peligro, que no era una salida viable.

 

- Bueno... -concluyó Nick - Entonces, voy yo con Dana... O vamos los tres... -agregó- Cuantos más, mejor... -le guiñó un ojo acompañando su gesto por una sonrisa burlona que hizo que el morocho deseara matarlo.

 

Al ver esto, él no podría creerlo creer el atrevimiento de Nick. Apretó suavemente la taza de café, al punto que pareció que la fina porcelana se rompería entre sus fornidos dedos.

 

- Si va alguien voy a ser yo -ultimó.

 

Ambos hombres se desafiaban, haciendo que Dana y Elis presenciaran un reto de masculinidad. Sin embargo, la decisión por parte del morocho de grisáceos ojos ya estaba tomada: él iría a Buenos Aires.

 

- Yo también voy... -agregó la colorada, pues dejar a esos dos hombres solos era demasiado arriesgado.

 

- Como gustéis... -alardeó el rubio.

 

Pero por ningún momento dejó de escudriñar a Dana con su mirada, mientras encendía un cigarrillo, y a los pocos segundos soltaba una bocanada de humo, sutilmente dirigida hacia Max. Sin darle más importancia a la situación -y porque ya había previsto que algo así sucediera- se acercó a la mesa ratona, y dejó dos pasajes de avión en primera clase.

 

- Su vuelo es mañana a las 18... -dijo, y salió de la oficina.

 

Y así, sin decir más, el día pasó. Llegaron las 18:10 del martes, y Dana y Max se encontraban sentados uno junto al otro en cómodos asientos de primera clase en el avión. Muy tranquilos, observaban cómo iban despegando de la pista, y el cielo iba anocheciendo.

 

- ¿Cómo estará Elis? -preguntó Max... y esa fue la bomba de tiempo.

 

- ¡Ay, no! -mumuró Dana.

 

Ambos se miraron, asustados, confusos, despistados, alterados... Pensaron que había sido lo correcto, pero ahora se daban cuenta de lo que habían hecho: el avión estaba despegando, y no había forma de volver a remediar su error.

 

- Dejamos a Elis sola a cargo de la empresa...
Delirio de Foxys @ 23:50
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Comentarios

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Delirio de Anonimo
Martes, 13 de junio de 2017 | 8:37