- Max quedó en ir a bailar, directamente… -le comentó Elis a Dana, mientras las otras chicas charlaban de cosméticos.
- ¿No te dijo porqué? -la colorada bebió un sorbo de su bebida, y prosiguió- ¿Le daremos vergüenza?
Ambas se miraron a los ojos, y recordaron la vez que cuando eran niños las dos se cayeron del tobogán por querer deslizarse juntas, y el las terminó ayudando a ambas, y llevándolas hasta sus casas, con tan solo seis años… O cuando él estaba con unas chicas en la primaria, y ambas llegaron a convidarle la merienda, y ahuyentaron a sus “amigas”, y demás eventos que hacían no querer conocerlas, y comenzaron a reírse amenamente.
- ¿Por qué tan jocosas, cariño?
La voz provenía de un chico de cabellos castaños, alto y de músculos magros, ojos celestes, y una sonrisa seductora dirigida especialmente a su novia: Elis. Al verlo, ella lo abrazó y le hizo un lugar al lado de ella, para que luego saludara a las demás amigas, a las que Dana ya se había sumado en la charla de cosméticos.
Eran las dos y media de la mañana cuando el grupo estaba haciendo fila para entrar a una disco, justo cuando Max apareció con tres amigos más, que no dudaron ni un segundo en saludar al séquito femenino.
- ¡Chicas! –dijo el morocho sonriente, al ver a sus dos amigas- ¿Cómo están?
Y dicho esto las abrazó a las dos, y las saludó como siempre, para luego darse cuenta de cierta entidad masculina que estaba al lado de la rubia, y que –a pesar de que sabía de la amistad de ella con el morocho- la presencia de este “intruso” no le había agradado en lo más mínimo… y eso se reflejaba en su rostro.
- Hola… -le dijo el castaño tendiéndole la mano- Soy Brad, el novio de Elis… -agregó, y las palabras cortaron a Max como si de una espada se trataran.
- Max… -respondió, e inmediatamente se fue con sus amigos hacia las amigas de las chicas.
Una vez dentro de la disco, las amigas –y Brad- se instalaron en uno de los sillones para poder dejar sus cosas ahí, mientras esperaban que la pista se llenara un poco, y los amigos de Max se fueron con ellas… pero él no: el morocho se quedó en la barra bebiendo solo, a pesar de que los otros lo llamaban.
- Ahí solo no te vas a divertir…
Dana había ido hacia donde él estaba, y se había sentado en el banquito de al lado, mientras pedía un trago un poco fuerte. Miró hacia atrás, y vio a todos sus amigos bailando entre la muchedumbre, y a Elis disfrutando de su novio, mientras cuidaban las cosas de los demás, en el asiento.
- ¿Hace mucho que están juntos? –preguntó Max- Elis, y ese…
- Cuatro meses… -respondió la colorada- Yo pensé que ella te había dicho…
Max meneó la cabeza, y se quedó callado, para luego volver a pedir otro trago. Como Dana se sentía mal por su amigo, pero a su vez no sabía que hacer, se levantó del banquito para irse, pero una mano la sujetó por la muñeca, indicándole que se quedara, y ella volvió a su asiento, y continuaron tomando, casi sin cruzar palabras.
- Max, no se que te pasa, pero no podés ponerte así… -le dijo ella al fin.
- Dana, yo… -y vio que los ojos marrones de la chica lo miraban directamente, expectantes de una respuesta. Él bajó la mirada, y…- Nada… no importa…
Dicho esto pagó el último trago, y parándose bruscamente, salió caminando hacia la salida del lugar, pero Dana hizo lo propio y lo siguió hasta alcanzarlo, y tomar con su mano derecha el brazo izquierdo de él para detenerlo, y hacer que medianamente se volteara a mirarla.
- No te vayas así… -dijo- Me estabas por decir algo…
Pero él no contestó. Se la quedó mirando por unos segundos directamente a sus ojos, que le reprochaban con una mirada su actitud, pero a su vez brillaban de una forma extraña -quizás por el alcohol, quizás por las luces del lugar- y se dejó llevar por el momento.
Con su mano derecha sacó la mano femenina tomándola por la muñeca, y la alejó de su cuerpo, al tiempo que con la otra mano la tomaba por el cuello para acercarla suavemente hacia él, para luego perderse en esos labios tan dulces y tan tiernos de la fémina. Dana no reaccionó hasta que no sintió el dulce sabor de los labios de Max sobre los de ella, y decidió disfrutar del momento, abrazarlo y atraerlo hacia sí.
Minutos después, Elis vio que Max y Dana salían de la disco… tomados de la mano.
Después de ese día, el trato entre ambos cambió mucho. Ambos decían no recordar nada de esa noche, y que se habían ido a sus casas, pero la rubia no les creía. Nunca más tomaron juntos, ni siquiera bailaron juntos -algo que siempre les había gustado hacer-, ni se saludaban con un beso en la mejilla.
Dos meses después, Max terminó la escuela y decidió irse a estudiar a Buenos Aires, acabando con uno de los sueños que habían tenido los tres desde que eran chicos: estudiar en la misma universidad.
Al año siguiente, fue el turno de Dana de terminar ese ciclo, y ella también decidió irse a estudiar a otra ciudad, a Santa Fe, lejos de Buenos Aires y del lugar donde habían crecido, sin saber siquiera si algún día regresaría a Rosario, a esa ciudad donde había conocido a sus dos grandes amigos de la infancia, con quienes había crecido.
Ese mismo año, Elis terminó con Brad, y continuó escribiéndose con la colorada –su gran amiga, compañera de juegos y locuras-, pero la rubia si se quedó en su ciudad, quizás con la esperanza de que sus amigos volvieran alguna vez…
…Y el destino no se equivocó…
Cinco años después, Dana y Max retornaron a la ciudad, con sus títulos universitarios en mano, y volvieron a reunirse con la rubia. Los tres se reencontraron para darse cuenta de que habían estudiado lo mismo, y…
- ¿Te alcanzo a tu casa, Elis?
El ascensor se había detenido, y Dana estaba sosteniendo la puerta de espaldas a la rubia, quien había viajado por años de su vida en el recorrido de 22 pisos de descenso del ascensor. Al escuchar la pregunta de su amiga, reaccionó, y asintiendo con la cabeza siguió a su amiga hacia el Mazda.
Después de todo… hay cosas en la vida que vuelven a repetirse.