Jueves, 01 de enero de 2009
Eran las ocho de la noche pasadas, cuando Nick le corrió el asiento a Elis como galantería cuando ésta se sentó en una mesa de un lujoso restaurante, mientras le propinaba una mirada furtiva al rubio muchacho, quien sonreía risueño.

 

- No te hagas la molesta… porque terminaste aceptando mi invitación… -recalcó él, palabra a palabra.

 

- Esto no es un café… -respondió cortante la chica.

 

- Si no hubieras demorado hasta las siete y media en aceptar mi invitación, entonces sí… sería un café.

 

Elis no dijo más nada, y se limitó a abrir la carta que el mozo le ofrecía. Con un revuelo en la cabeza, y una expresión de frialdad e insensibilidad absoluta por afuera, la rubia recordó el cómo y porqué había llegado a esa situación.

 

- Entonces… ¿Te invito un café? -le dijo Nick recostado sobre la puerta con una pícara sonrisa y una altanera presencia- Total hasta que no vengan tus socios, no te puedo dar la respuesta de StarDust…

 

- Antes muerta -fue la cortante e irrefutable respuesta de la rubia.

 

-Bueno… con medialunas y todos los dulces que quieras… -agregó él.

 

A la chica se le iluminaron los ojos, pero al ver que Nick lo había dicho lleno de sarcasmo y creyendo que nadie sería tan infantil como para ceder con eso, Elis se levantó bruscamente del asiento, se paró cerca de él, y con firmeza lo empujó hacia atrás para cerrarle la puerta de su oficina en la cara, y volver a sus tareas.

 

Una hora más tarde, Nick se había buscado un libro, y apoyado contra el vidrio, continuaba observando a Elis que trabajaba cada vez más frustrada por el par de esmeraldas intimidantes que hacía una hora que la estaban acechando. Sin poder soportar eso por más tiempo, salió furiosa hacia el rubio.

 

- ¿Es que no tenés nada mejor que hacer? –le espetó.

 

- No hasta que aceptes mi café… -y el joven tomó con delicadeza la muñeca izquierda de la chica y se acercó un poco más, mientras simulaba mirar el reloj- Pero ya son las once… así que tendré que invitarte a almorzar –y sonrió, complacido por su actitud.

 

- Muérete.

 

Y sin decir nada más, la rubia se dirigió al toilet para retocarse el maquillaje, mientras Nick aprovechó para tomar cierto objeto personal de la oficina ahora desprovista de jefa.

 

Mientras tanto, Max caminaba por una plaza totalmente ido y sumido en sus pensamientos, hasta que su estómago comenzó a rugirle, pidiendo algo de comer, ya que esa mañana ni siquiera había desayunado, y encima había tomado muchos calmantes para el dolor de cabeza, consecuencia de una resaca. Así, divisó un café bastante tranquilo, y entró desganado.

 

- ¿En qué puedo ayudarle? –le preguntó la moza, justo cuando se sentó en una mesa.

 

- Quiero…

 

Y mientras divagaba con la mirada, vio una laptop negra y una chica colorada detrás de ella que le resultaba familiar. Haciéndole un gesto de disculpas a la moza, se paró y se dirigió hacia la colorada que acababa de ver.

 

- ¿Dana? -le preguntó serio, y ella se quedó atónita sin nada que responder.

 

La chica bajó la pantalla de su portátil, y parándose intentó irse, pero el morocho de joviales ojos grises la sostuvo por los hombros de forma firme, pero suave. La huída de la fémina acababa de fallar.

 

- Lo tuyo no son las improvisaciones, Danita… -le dijo sin soltarla, y ambos sintieron algo extraño recorrer sus cuerpos cuando voltearon para verse a la cara: el risueño, ella avergonzada y disimulándolo.

 

Max sonrió, y soltando a la chica, salieron hacia la plaza caminando. En eso, el joven se dio cuenta de que la respuesta que había estado buscando era simple: Elis y Dana era sus amigas, sus mejores amigas, y eso no iba a cambiar: no iba a permitir que sus sentimientos se metieran en su amitad.

 

- ¿No era que te tomabas el día libre? -preguntó Max, al fin.

 

- Sip… -contestó ella.

 

- ¿”Sip”?

 

- Eso es lo que hacía… -continuó ella- Disfrutaba de ese café aburrido mientras mi portátil se estaba quedando sin carga, y donde la conexión inalámbrica a Internet no funcionaba bien… -suspiró, y volvió a las preguntas- ¿Y vos por qué te fuiste? ¿No tendrías que estar ayudando a Elis?

 

- No…

 

- ¿”No”? ¿Esa es toda tu respuesta?

 

- Si…

 

- Sos desquiciante… -masculló ella, e intentó irse hacia su auto, pero él la retuvo por la muñeca y alcanzó su paso.

 

- Ya lo sé… -dijo Max- Y no me cambies el tema…

 

Mientras, en el otro lado de la ciudad, y ya cerca de las dos de la tarde, Elis agonizaba de hambre: había estado recorriendo su oficina en busca de su billetera, pero ésta no estaba por ningún lado. Vencida, se recostó en su sillón, y a través del vidrio se quedó mirando al rubio que devoraba una suculenta hamburguesa con su amiga y secretaria.

 

Haciéndose la tonta, salió hacia Silvia, y se acercó para hablarle.

 

- Silvia… ¿No viste mi billetera?

 

- No mi niña… -respondió la aludida, con su melosidad habitual- No la he visto…

 

- Si querés, nos podés acompañar… -interrumpió Nick, mostrándole una cajita con otra hamburguesa.

 

- Paso… -dijo seria- ¿Un hombre de tu nivel comiendo hamburguesas? ¿No te parece bajo? -le reprochó.

 

- Me gusta disfrutar de la vida, gracias… -respondió él, mientras se tocaba el pequeño aro con forma de argollita que tenía en la oreja- Una hamburguesa no te va a hacer nada…

 

- Quiero mantener este cuerpo delgado y hermoso… -le reprochó ella, tratando de ignorar el hambre que tenía- Y no voy a comer esa porquería…

 

La rubia se dio vuelta y comenzó a caminar hacia su oficina, cuando un comentario del rubio la hizo detenerse en seco.

 

- Estás demasiado flaca… A mi me gustan las chicas que no se quiebran cuando las abrazás… -dijo sornástico.

 

- ¿¡Y a mi que me importa lo que te guste!? –le espetó ella, volviéndose.

 

- Aunque quizás… -Nick miró las curiosas curvas de la rubia, sus ojos como cielos azules, la tersa piel blanca, y sonrió- Aunque quizás… abrazarte sería algo muy placentero…

 

Ella no contestó más, y se dirigió hacia su oficina totalmente ofendida, y con ganas de asesinar al rubio: solo se contenía porque sabía que era algo bueno para la empresa, y que representaba una oportunidad única., y porque… Dana y Max la matarían si dejaba mal a su empresa.

 

Fuera de la oficina, el teléfono móvil de Nick comenzó a sonar, y al atender éste se puso serio. Le guiñó un ojo a Silvia, y se alejó por un pasillo en dirección a los baños, para hablar con privacidad.

 

- Te dije que yo te llamaría -dijo escudriñando el baño, para cerciorarse de que estaba sola- Si, sí… va todo tal cual lo planeado… -continuó revisando, y se apoyó contra la pared, y sacó una billetera de su bolsillo- Si, sí… Te paso los datos por mail esta noche… -respondió, mientras miraba la licencia de conducir de Elis- Dejamelo a mí, yo te llamo… -cortó al comunicación, y guardando la billetera de la fémina, volvió sin más.

 

Sin embargo, Dana y Max –que se habían quedado en la plaza charlando- caminaban hacia el estacionamiento donde habían dejado sus coches ya que, inconcientemente, habían aparcado en el mismo.

 

- ¿Porqué te fuiste al café y usaste tu portátil vieja? -preguntó Max.

 

- Porque esa no está en red con las de la compañía, y que quería que Elis se enterara… porque se iba a poner muy molesta… -respondió sonriendo con ternura: quería a su amiga y, aunque no le había hecho caso, sabía que su intención había sido buena.

 

- Ya…

 

Al llegar al estacionamiento, ambos se subieron a sus deportivos, y se encaminaron hacia la oficina. Sin embargo, cerca de la costa rosarina, un semáforo los detuvo, y ambos pararon lado a lado, en el primer lugar: un Mazda y un Hyundai, dos coupés negras, deportivas, de 300 y 250 caballos de fuerza.

 

Dana sonrió ante la tentación, y aceleró en vacío su auto, al tiempo que ladeaba la cabeza para ver a Max a través del vidrio polarizado, y esta vez fue el turno del Hyundai Tiburón de mostrar sus revoluciones: estaba todo dicho. El semáforo pasó a amarillo, y al ver que no había casi tráfico, ni policías cerca, cuando estuvo en verde, ambos autos aceleraron dejando una pequeña marca en el asfalto y salieron corriendo.

 

Como en los viejos tiempos… pero en la realidad, y no en un mero juego de video, como cuando eran unos niños.

 

Mientras ellos corrían y se divertían, en el piso 22 de un reconocido edificio, Elis estaba a punto de perder la razón por el hambre, recordó que tenía un paquete de galletitas en un cajón de su escritorio. Tras revolver varios cajones, lo encontró, y quiso abrirlo silenciosamente, pero el sonido plástico resonó en el vacío.

 

Desde el umbral de la puerta, Nick disfrutaba ver a la rubia escondiéndose como una niña pequeña. Al notar esto, la cólera de la chica aumentó.

 

- ¿Por qué no me dejás en paz? –dijo molesta.

 

- Te ves linda enojada… -y al no haber respuesta, continuó- Perdoname si te molesté al mediodía, no pensé que te lo tomaras en serio…

 

- ¿Silvia te dijo algo? No creo que te disculpes por tu propia cuenta.

 

Al escuchar esas palabras, Nick asintió complacido, y Elis suspiró agotada moralmente por la situación. Minutos después, entró en la habitación, y apoyándose en el escritorio de la chica, pronunció unas palabras casi en un susurro:

 

- Déjame invitarte a cenar esta vez, para compensarte… Solo una vez, y no voy a volver a molestarte…

 

Elis dudó en responder, y el rubio se fue, para instalarse junto a Silvia. La verdad es que no tenía mucho que hacer, simplemente “observar el proceso de desarrollo de la empresa” como le había dicho. A la hora, la rubia se acercó al joven, y ladeando la vista, le dijo:

 

- Está bien… Pero no me fastidies…

 

- No, mi señora… -asintió él con una sonrisa.

 

- Señorita… -recalcó ella.

 

Y sí. Se encontraban en el restaurante, pero Nick le mostraba otra faceta y- aunque no iba a admitirlo, ni siquiera a su propia conciencia- ese chico de cercanos treinta años le parecía encantador.

 

Mientras tanto, y en el otro lado de la ciudad, dos conductores se bajaron de sus autos en la costa para mirar el cielo que comenzaba a mostrarse estrellado, luego de haberse recorrido hasta las rutas cercanas, desafiándose mutuamente.

 

- ¿Vamos a cenar? –preguntó Max.

 

- Dale…
Delirio de Foxys @ 23:54
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Martes, 18 de diciembre de 2012 | 0:46