Jueves, 01 de enero de 2009
Esa mañana, Max entró con cierto temor a su oficina pensando que luego de dejar a Elis en la empresa, sola, y sin nadie que la vigile, debería haber desacomodado todo el lugar. Sin embargo, al entrar pudo ver que todo estaba tal cual como él lo había dejado el día anterior, limpio, ordenado, y con su joystick en su lugar.

 

- ¿Con qué se habrá entretenido? –masculló, pensando en voz alta.

 

Y justo escuchó el sonido de una puerta abrirse a su derecha. Giró su cuerpo disimuladamente, y miró hacia la derecha donde estaba la oficina de la rubia, sólo para encontrarse con un molesto ente masculino que tenía un pequeño aro en una de sus orejas, y miraba a Elis sonrientemente.

 

- Esa fue la razón… -volvió a mascullar entre dientes.

 

Analizó la situación con sus perlados ojos grises, viendo como la rubia había pasado de odiar Nick, a llevarse muy bien con el sujeto. Sonreía amenamente mostrando las perlas blanquecinas de sus dientes, y haciendo que sus ojos lucieran como dos cielos azules. ¿Qué había pasado? Continuó sus elucubraciones mentales, sin darse cuenta de que Dana había entrado en la oficina y se estaba sirviendo un café como si se tratara de la propia.

 

- Hacen linda pareja… -preguntó dando un sorbo a la taza, y apoyándose en el escritorio del morocho.

 

El aludido se dio vuelta para observarla, y no perdió la oportunidad de mirar de reojo la silueta de las piernas de la colorada que, como era su costumbre, vestía una corta falda en tonos grises y blancos, con una camisa entallada negra, y aros al tono.

 

- ¿Se puede saber que hacés acá? -preguntó de mala gana.

 

- Te traje formularios… -respondió ella dejando la taza con una borra de café sobre el escritorio, e indicando unos papeles- Esta vez no tengo la más mínima intención de falsificarte tu firma…

 

- ¿Pero qué…?

 

La pila de formularios, informes, documentos y papeles era demasiado grande, y justo cuando el joven se disponía a objetar algo, la colorada ya estaba en su oficina, sirviéndose otra taza de café, mientras se enfrascaba en su computadora trabajando -seguramente- en el proyecto de redes internas para la empresa de Nick.

 

Intentó sentarse a firmar los papeles, pero era algo que se le volvía demasiado tedioso, y el niño interno que tenía, hacía que se revolviera en su asiento. Volvió a la carga e intentó concentrarse, pero justo el rubio salió de la oficina de su amiga, y su atención se centró en ese andar jovial que tanto le desquiciaba.

 

- Creído…

 

En su mente recordó cientos de insultos y demás sutilezas que se las dedicó todas y exclusivamente a ese engreído que acababa de captar la atención de Elis, de su amiga. SU amiga. Vio que el rubio saludaba cortésmente a Silvia -quien extrañamente le dirigió una escueta sonrisa- y luego salió caminando tranquilamente hacia el ascensor.

 

- Seguro va a comer… -volvió a mascullar.

 

- ¿Celoso?

 

Una voz femenina lo trajo de vuelta a la realidad, y sus ofuscados ojos grises se posaron en una divertida y jocosa mirada marrón, acompañada de cabellos rojizos, que traía en sus manos un par de CD’s y un pendrive.

 

- Te dejo las bases… -le dijo, mientras se divertía con la actitud del morocho- Vos sos mejor que yo en el tema redes…

 

Y sin decir más nada, se dio vuelta marchando hacia su oficina, sin poder esforzar una sonrisa. Sí… le dolía, le molestaba… ¿Por qué con ella no era así? Meneó la cabeza dejando de lado esos pensamientos, y volvió a su oficina, pasando al lado de Silvia, quien le sonrió melancólicamente.

 

Frustrado y enojado por haber sido tan obvio, Max se levantó del asiento y se dirigió a donde habían colocado un escritorio para que Nick se sentara. El rubio nunca le había caído en gracia, y menos ahora que -de un día para otro- parecía llevarse tan bien con Elis.

 

Al llegar al escritorio, se tiró en el sillón, y ofuscado comenzó a toquetear las cosas que había delante de él… hasta que vio algo que le pareció familiar: de la parte superior de uno de los cajones, sobresalía una parte un peluche.

 

Con cuidado de no hacer ruido abrió el cajón, y se encontró con que se trataba del llavero con forma de osito que usaba Elis en su billetera. Continuó mirando el cajón, y encontró la billetera en el mismo, guardada con todos los papeles, y un número telefónico en otro papel. Deseando asesinar al rubio -ya que no había que ser demasiado perspicaz para darse cuenta de que algo no andaba bien- sacó la billetera, y dejó las otras cosas como las encontró, tras copiarse el número telefónico en un papel.

 

Iba caminando pensativo, tratando de pensar que hacer. Estaba celoso y encima enojado, así que lo único que se le ocurría que podía hacer, era devolverle la billetera a la rubia, y explicarle las cosas. Si no fuera por ese treinteañero que les andaba molestando y que, para su desgracia, necesitaban.

 

- ¡Maldición! -masculló entre dientes, mientras caminaba.

 

- ¿Pasa algo, Max?

 

El morocho levantó su platinada mirada, para encontrarse con dos esmeraldas frías y brillantes que lo miraban inquisidoramente, al tiempo que esbozaban una sonrisa macabra que no traía nada bueno consigo. Max, se colocó una mano en el bolsillo donde llevaba la billetera, y miró hacia abajo al ente que por usar gel en el pelo igualaba su altura. Haciendo gala de su paciencia felina, dio un paso, y quedó parado lado a lado, pero de costado, sin mirarse.

 

- Si, pasa algo… -murmuró Max, con una sonrisa irónica- Estás en mi camino...

 

Por unos segundos se retaron en silencio, mutuamente, tratando de probar cual resistía más a tener al otro al lado, y no reaccionar a golpes. Al final, y al mismo tiempo, uno encaró hacia la salida, y el otro a la oficina de Elis: tenía cuentas pendientes y las iba a aclarar.

 

Con pasos que parecían zancadas, Max entró en la oficina de la rubia, y le mostró la billetera bien delante de los ojos de ella, que primero se iluminaron de alegría, pero luego se oscurecieron en un tono de reproche, y la chica saltó de su silla abarajando la billetera que Max había tirado por los aires.

 

- ¡Vos me la sacaste! -le espetó ella casi a los gritos.

 

- Nope… -el morocho negó con la cabeza, manteniendo su postura con las manos en los bolsillos del pantalón- Estaba en el escritorio que le dimos al imbécil ese…

 

- ¿El imbécil ese? ¿A Nick?

 

- A ese mismo… -Max clavó su mirada perlada en los cielos celestes de ella, y los enfrentó- Él te sacó la billetera con tu documento, tu licencia y otras cosas… tené cuidado…

 

La rubia dudó un poco, pero luego comenzó a los gritos enojada con Max, porque no estaba de acuerdo, y seguro que el morocho lo decía porque no era ni la sombra de lo que el otro hombre era… y así continuó la retahíla de palabras, hasta que su amigo salió ofuscado de su oficina con rumbo a la de Dana.

 

Quizás la colorada fuera más comprensiva.

 

Sin embargo, sus cálculos fallaron.

 

Ni bien le soltó dos palabras a Dana sobre lo acaecido, tras un momento de incómodo silencio y duelo de miradas, ella comenzó a reírse sin alcanzar nada. Como pudo se paró, y se acercó a su amigo, hasta que sus narices estuvieron por chocar, y lo escudriñó con la mirada, como hacía cuando eran unos críos.

 

- ¡Estas celoso! –le dijo al fin, separándose y apuntándolo con el dedo.

 

- ¡Dana por favor! -se defendió él- ¡Ese tipo está tramando algo!

 

- Obvio que trama algo… -acotó ella, y el morocho abrió los ojos- Está tramando la forma de molestarte a vos, y conseguir algo con Elis… ¡Y eso te mata de los celos!

 

La batahola de palabras continuó un rato, hasta que cansado y agotado moralmente, Max se fue a su oficina, y se sentó en su escritorio, para comenzar a firmar los papeles. Algo no andaba bien, y ninguna de sus dos amigas y socias tenían la mínima apariencia de querer ver más allá de la apariencia de Nick.
Delirio de Foxys @ 23:55
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