Jueves, 01 de enero de 2009
Poco tiempo había pasado… días contados y escasos, pero suficientes para llenar el corazón de una niña con cuerpo de mujer, que parecía caminar sobre una nube: se estaba enamorando, y lo sabía, y… ¿Quién diría que sería de él?

 

Sentimientos parecidos corrían por otra persona en ese edificio de pleno centro rosarino, en el Piso 22, donde tantas cosas habían pasado y quizás pasarían. Poniendo su mente en blanco y volviendo a su fría realidad, tomó los papeles, extrajo un DVD de la lectora y luego de guardarlo en una fina cajita se alejó apagando la última luz del lugar.

 

 

- ¡Buenos Días!

 

La voz de Elis retumbó alegre, para contrariar el ánimo de los otros dos socios. La rubia se adentró en la oficina de Max, donde Dana estaba sentada en el sofá contando unos papeles que tenía en la falda.

 

- Hola… -saludó en un susurro la colorada, mientras sin despegar su vista de los papeles, se ataba el pelo con un broche.

 

Luego de eso, un leve gruñido indicó un saludo por parte de Max que, recostado levemente hacia atrás en su silla y con el joystick en la mano, estaba concentrado en el juego de carreras que estaba jugando en la computadora.

 

- Por un momento me sentí como hace un mes… -dijo igual de feliz Elis, y ambos la miraron- ¿No creen que las cosas han cambiado un poco?

 

Los tres amigos se quedaron mirando pero luego Max se sonrojó y retomó el control del juego, Dana inclinó su vista nuevamente hacia los papeles y Elis, sin casi notar –o sin querer notar- esto, mantuvo su amplia sonrisa.

 

- ¡Buenos días!

 

Una voz masculina resonó en la oficina, y cierto rubio entró altanero para, con un dejo de rebeldía en sus movimientos, abrazar a Elis por la cintura acercándola hacia él, para dejar un sutil y dulce beso en sus labios.

 

Al ver esta escena, Dana revoleó los ojos con fastidio, y se levantó a dejar la taza de café que tenía a un lado, con tal de no ver la escenita. Esa imagen de la pareja saludándose, hizo que Max chocara el auto del juego, y se cayera estrepitosamente hacia atrás de su silla.

 

- Esto es una empresa seria, no un centro de cupidos… -regañó Dana, mirándolos firmes con sus antes brillantes ojos café, que desde hacia un tiempo habían dejado de brillar.

 

- Perdón…

 

Elis se ruborizó un poco y, escabulléndose de los brazos del rubio que la atraían posesivos, se dirigió a su oficina. Sin embargo, Nick sonrió como era su habitual costumbre, mirando de reojo al morocho que intentaba levantarse.

 

- Bueno, bueno… Buenos días a ti también, mi elegante Dana… -contestó con una reverencia burlona, por lo que recibió una falsa y atemorizante sonrisa que le indicaba que debía irse.

 

Mientras el rubio desaparecía de su vista, ella juntó los papeles que había dejado en el sofá y los depositó sonoramente sobre el escritorio de Max, quien se levantaba en un intento fallido de disimular.

 

- Para el mediodía… -indicó firme ella.

 

- ¡Si, mi capitán! –nuevo intento fallido de hacer una broma.

 

- Solo fírmalos, Max…

 

La mirada brusca de Dana cambió repentinamente, y se dio vuelta para salir de la oficina. Sin embargo, Max se apresuró y la detuvo con delicadeza por el brazo, para voltearla hacia él suavemente, y poder mirarla a los ojos.

 

- Danita… Estás más seria que de costumbre… -se acercó levemente hacia su rostro para verle más cerca de los ojos- ¿Qué te pasa? -inquirió.

 

- Solo tengo cosas en qué pensar… -acotó ella, y ladeando su rostro para no verle, intentó librarse de su captor, pero él finamente la detuvo.

 

- Dana…

 

Con delicadeza tomó el mentón femenino con sus dedos, y lo movió hasta que ambos rostros quedaron de frente. La colorada levantó la vista y lo encaró: el rostro del morocho manifestaba verdadera preocupación… y eso le lastimaba.

 

- Dejame seguir con mi trabajo, por favor…

 

Sus palabras sonaros casi a una súplica, pero él no la dejó ir. Se quedaron unos instantes en silencio, quietos, mirándose: algo andaba mal, y Max lo sabía perfectamente… así como también sabía que Dana no se lo diría.

 

El morocho le sonrió con dulzura, y ella cerró los ojos por un segundo, mientras el le acariciaba el brazo con sus dedos, hasta rozar sus manos que ella apretó con fuerza, aún sin mirarle.

 

- Esto es una empresa seria, no un centro de cupidos…

 

Las palabras habían sido un leve grito risueño de Nick, quien había decidido interrumpir el momento, justo cuando pasaba por la puerta abierta, haciendo que ambos se sonrojaran asustados.

 

- ¡Ah! –suspiró rezongando Dana, mientras Max le sonreía- ¡Detesto a ese tipo!

 

- Eso es un avance… -Asintió Max, divertido.

 

Y así, lo que había pasado segundos atrás, fuese lo que fuese, había quedado en el olvido. Dana le devolvió una forzada sonrisa, y dándose la vuelta, se alejó con su firme y contorneado taconeo, que hacía que nunca pasara desapercibida.

 

 

Con cada uno en su trabajo, llegó la hora del almuerzo y, luego de rechazar la tentadora oferta de almorzar con los nuevos tortolitos, Max y Dana terminaron comiendo por separado, como se había hecho costumbre desde hacía casi un mes.

 

Elis estaba prácticamente entregada: era como una niña en una sala de caramelos, y a todo respondía con una sonrisa… lo que también hacía sonreír a Nick: algo en el rubio también había cambiado y, aunque lo disimulara muy bien, quizás era el más confundido de todos.

 

El almuerzo estaba siendo demasiado perfecto, al igual que ese tiempo en que habían estado juntos, pero algo torturaba los pensamientos de Nick: sabía que estaba lastimando a Elis, y tenía algo que decirle… Debía decírselo.

 

- Elis… -masculló- Yo… tengo algo que decirte… -la rubia lo miró expectante, y él no supo que decir- Tenés salsa en tu barbilla… -mintió, aliviado, y tomó una servilleta, y se acercó a la rubia para limpiarle la salsa.

 

 

El día siguió su curso, y Nick no sabía si decirle lo que tanto lo agobiaba, o esperar un poco más. ¿Se estaba enamorando? No lo sabia… pero sí sabía que ya no se sentía tan conforme con cumplir su supuesta misión.

 

Ya a la noche era hora de irse y las luces del edificio estaban casi apagadas: solo el Piso 22 brillaba. Dana fue la primera en irse, sin despedirse y sin prestarles atención alguna a ninguno de los que quedaban, caminando tranquila y contorneándose como siempre o hacía.

 

En la oficina de al lado, Max buscaba desesperado las cosas que había sacado de la oficina, y los papeles que debían entregarle a Nick: no estaba, todo había desaparecido… ni siquiera sus proyectos o informes quedaban. Desesperado, volvió a comenzar a revisar todo nuevamente.

 

En la última oficina, Elis juntaba sus cosas cuando un brazo rodeó su delineada cintura, para luego sentir que Nick la abrazaba por la espalda. Apretándose contra el rubio, se dio vuelta y le besó con ternura, pero él la separó y tomó sus manos con delicadeza.

 

- Elis… te quiero ¿sabías? -le preguntó levemente sonrojado.

 

- Yo también… -respondió ella, y quiso besarlo, pero el la separó un poco.

 

- No… No es un simple te quiero… Es un “Te Quiero” ¿Me entendés?

 

El hombre de poco más de treinta estaba bastante nervioso, y no se molestaba en ocultarlo… por más que supiera demasiado bien como hacerlo. Al ver eso, Elis lo tomó por las mejilas y lo besó nuevamente, para luego alejarse, tomar sus cosas y tras guiñarle un ojo, dirigirse hacia la puerta.

 

- Yo también… -agregó- Te espero abajo... –su voz resonaba con picardía.

 

Nick estaba dispuesto a seguirle, dejándolo todo atrás aunque fuera por una sola noche, para olvidarse de lo que debía hacer… Pero su celular sonó: tenía que atender. Miró hacia la puerta y comprobó que la chica se había alejado, y luego atendió la llamada.

 

- ¿Qué quieres? -preguntó molesto- ¿Cómo lo supiste?… ¡Te digo que no es así! -cada palabra lo ponía más nervioso, y esto hizo que no se percatara que cierta rubia que había decidido esperarle y bajar con él, ahora escuchaba distraída la conversación- ¿Elis? -ella se sorprendió al escuchar su nombre, comenzó a prestar más atención- No… ¡Te digo que no pasa nada! ¡Elis es solo un juego! ¡Ya cállate! –siguió hablando bastante enojado, pero Elis ya había escuchado lo suficiente.

 

Pero Elis no había sido la única que había decidido volver: Dana se había olvidado algunas cosas -importantes cosas- en su oficina, y ahora subía impaciente por el ascensor, esperando que no fuera demasiado tarde.

 

La rubia destrozada, por lo que acababa de escuchar. Salió al pasillo alejándose del lugar, topándose con Max que salía de su oficina. Sin quererlo con el empujón le hizo entrar de nuevo: ella estaba con los ojos llorosos, y él se le quedó mirando sorprendido.

 

- Esto… -murmuró él- ¿No viste unos papeles que estaban en mi cajón? Yo los habí…

 

La delicada mano de Elis rozó sus labios con sus dedos, para interrumpir tanta palabrería inútil. Max la miró a los cielos celestes que tenía por ojos, que ya no estaban llorosos, si bien habían quedado rastros en el delineador levemente corrido.

 

Caminando despacio pero con firmeza, lo fue guiando hacia el escritorio, mientras él, sumiso y extrañado, se dejaba. Segundos después, Max había quedado sentado en su silla, y Elis estaba reposando su peso sobre el escritorio, con una pierna cruzada sobre la otra, mientras se soltaba el pelo, sin quitarle los ojos de encima.

 

Max sentía que alucinaba, y no entendía nada de lo que pasaba: esa mirada… nunca la había visto, no en ella… ella que siempre había sido tan dulce, tan indefensa… y que ahora parecía una fiera con su presa en las garras, y su objetivo en la mirada.

 

- Yo te gusto… ¿Verdad?

 

Las palabras de Elis dejaron al morocho atónito, quien intentó balbucear unas palabras, pero fue interrumpido por las nuevas palabras de la rubia.

 

- Siempre te gusté… ¿No?

 

Con una sonrisa con un dejo malvada y con dobles intenciones, acompañada de unos ojos celestes e instigadores que recorrían el cuerpo masculino con su mirada, se acercó sensualmente hacia Max, para tomar su corbata que estaba floja, y comenzar a jugar con ella, mientras ocasionalmente rozaba con sus finos dedos el cuello masculino.

 

- ¿Has soñado conmigo?

 

Max miraba para otro lado, y Elis se acercó más, para sentarse en sus piernas. Con su mano libre, tomó su rostro y lo giró para que sus miradas se enfrentaran, para luego tironear de su corbata y rozar sus labios con los del morocho, haciendo que sus alientos se mezclaran, y pudieran sentir el respirar del otro por la cercanía.

 

Ella sonreía. El estaba serio. Ella lo estaba usando. Él lo sabía… y no le importaba. Sin poder resistirse más, pasó sus manos por el fino talle de la fémina y se apoderó de su boca en un beso, liberando al fin todo el deseo que había contenido por tanto tiempo… Ese beso con el que había soñado, años enteros esperando… sintiendo…

 

El beso se tornó cada vez más animado, más desesperado… más apasionado, y ambos se olvidaron del resto del mundo.

 

Sin embargo, desde la otra oficina, Dana los miraba desde las sombras, mientras tomaba unos DVD’s, varios discos y papeles, y guardándolos en su bolso con precisión, se dispuso a alejarse. En su trayecto hacia el ascensor, se cruzó con el rubio que bastante desesperado, buscaba unos papeles que nervioso no encontraba.

 

Al verla llegar, ella se recostó en el marco de la puerta, impidiéndole el paso, para dirigirle una de sus certeras miradas, opacas y excesivamente segura, que hizo que Nick desconfiara, y sus ojos reflejaran lo que sentía.

 

- No te vayas sin perderte el espectáculo… -dijo la colorada señalando la oficina de Max, al tiempo que le dedicó una sonrisa fría y muerta, para luego alejarse cual fantasma entre las penumbras.

 

Al escuchar esas palabras, Nick salió disparado hacia la oficina, sólo para ver a Max recostado en el sillón con Elis sentada en sus piernas, mientras se besaban impetuosamente. Lo que estaba viendo era demasiado, y lleno de ira pateó el marco de la puerta.

 

Con el golpe, Elis lo miró de reojo, y Max sintió un escalofrío: el rubio estaba completamente fuera de sí. Sin embargo, ella le ignoró totalmente, y acariciando los labios de Max con su lengua, continuó besándole, mientras le desprendía la camisa. Recostados en la silla, y con la chica en sus piernas, Max no pudo hacer otra cosa que ceder… nuevamente.

 

Eso era suficiente: Nick se dio vuelta y se dirigió hacia la salida… Ahora sabía perfectamente qué iba a hacer.

 

Pero no era el único que tenía claras las intenciones.

 

El ascensor se abrió en el estacionamiento, para dejar paso a una colorada que caminaba haciendo girar las llaves de su deportivo entre sus dedos, como siempre hacía cuando estaba enojada. Destrabó la alarma, y se subió en su impecablemente negro y brillante Mazda RX-7 de faros ocultos y alerón pronunciado, para salir acelerando, dejando marcas en el estacionamiento.

 

Ella sabía que iba a hacer. Y no tenía vuelta atrás.
Delirio de Foxys @ 23:57
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