Jueves, 01 de enero de 2009
En el mundo de vacío interminable y sonidos ululantes, un leve taconeo y un pequeño chirrido, actuaron como anclas hacia el mundo de la realidad, para obligarle a abrir esas bóvedas celestes, y darle paso a una mirada cristalina y confundida, que tardó en ubicarse en la situación en la que se encontraban.

 

Elis se incorporó y abrió los ojos, sólo para darse cuenta de que estaba en la oficina de Max recostada en el sillón, con la ropa arrugada y tapándose con el saco del joven. Miró para el frente, y vio al morocho tirado en el sofá, con el brazo izquierdo sobre sus ojos.

 

Lentamente continuó la inspección visual de la oficina, para encontrarse que todas las cortinas de la oficina, que le daban una visual completa del piso estaban cerradas, y Silvia estaba muy impaciente parada frente al escritorio.

 

- Señorita Elis… -murmuró la amable dama, conteniendo sus nervios.

 

- ¿Qué pasa? ¿Qué hora es? -inquirió la rubia.

 

- Jueves a las 9:30 de la mañana, señorita… -hizo una pausa, y tragando saliva, continuó- Tenemos un problema… grande…

 

- Andá a decirle a Dana… -respondió entornando los ojos, y meditando lo que había hecho la noche anterior.

 

- Precisamente… -su voz estaba cada vez más nerviosa- la señorita Dana no ha venido, y su celular está apagado, la contestadota de su departamento no funciona, y no hay forma de ubicarla…

 

Las voces de las dos mujeres hizo que Max se despertara, para quedar con ambas piernas sobre el sofá, la derecha flexionada, el peso reposando sobre sus brazos estirados hacia atrás, el cabello revuelto, la camisa desprendida…

 

- ¿Qué pasó? ¿Y Dana? -preguntó.

 

Un silencio reinó la oficina, mientras el morocho inspeccionaba todo con la vista con excesiva lentitud, haciendo que Silvia comenzara a incrementar sus nervios. La mujer había estado lo suficiente con los tres amigos y socios como para darse cuenta de que lo que había pasado entre Max y Elis ocurriría algún día… pero nunca se imaginó que las consecuencias hubieran sido las que acababan de acontecer…

 

- Permítanme hablarles no como su secretaria… sino como una amiga… -empezó hablando, y los dos la miraron sorprendidos- Dana no está y no la puedo localizar… el señor Nick tampoco apareció en la oficina, y tampoco lo puedo localizar…

 

- Ese es el menor de los problemas… -masculló Max.

 

- Cierto -lo interrumpió Silvia, volviendo a su tono amable- Los empleados ya han llegado, y nadie puede acceder a las computadoras… ni siquiera encienden… -suspiró, y encaró para la puerta- Sugiero que revisen eso.

 

Max y Elis se miraron nerviosos. Tras arreglarse un poco, ambos salieron apurados a ver lo que pasaba y, tras enviar a los empleados en una “jornada libre”, comenzaron a revisar cada computadora, incluso las propias, para encontrarse que ninguna prendía. Exasperado, Max buscó destornilladores, y comenzó a abrir una, para darse cuenta de que no tenía disco rígido.

 

Fue hacia la oficina de Dana e intentó encender la de ella. Acercó su oído hacia el gabinete esperando escuchar el sonido del disco, pero cuando este no empezó a correr, y la pantalla quedó negra, pidiendo solo una contraseña. Llegando ya a la desesperación, abrió el gabinete, y se encontró con un solo disco, y una nota.

 

Pasmado, se tiró sobre el sillón, sintiendo como poco a poco su conciencia comenzaba a martillar sus pensamientos. Levantó la vista y miró como Silvia se sentaba en su escritorio mientras revisaba los cajones, justo cuando Elis entró casi corriendo a la oficina de Dana, donde estaba Max, y se quedó apoyada en frente.

 

- Max… -dijo, con la respiración entrecortada- Revisé todo… Incluso la oficina de Nick… Y no hay nada: ni los DVD, ni las láminas, ni las proyecciones, ni los archivos, ni los borradores del proyecto… ¡Nada!

 

- Mirá esto… -el morocho agachó el rostro, y le dio la nota- Estaba en la computadora de Dana…

 

- “Gracias… Por Todo” -leyó en voz alta, y sin pensar en nada, se desplomó sobre el sofá.

 

¿Dana los había engañado? ¿Ella los había usado? ¿Nick lo sabía? ¿Estaban juntos en eso? Miles de preguntas rondaban la mente de ambos, sumado a la culpabilidad que ambos sentía por la noche anterior.

 

 

Mientras tanto, en la ruta del sur de Rosario, Dana había estacionado su querido Mazda negro en la banquina y, aprovechando los crecientes desniveles del suelo en esa zona, y estaba admirando la vista con tranquilidad, mientras el viento hacía que su cabello rojo como el fuego mismo ondeara majestuoso.

 

Ajena a los sonidos del ambiente, y sumida en sus propios e indescifrables pensamientos, no escuchó el sonido de cierto conocido 307 descapotable de color azul marino, ni los pasos que se acercaron hasta ella, para luego colocarle la mano en el hombro.

 

- Sabría que vendrías, Nick… -dijo ella con estudiada calma- ¿Cómo supiste que estaba acá?

 

- Me halaga saber que me esperabas, tu astucia no se compara con nada -respondió siguiéndole el juego, sólo para no perder la poca dignidad que le quedaba.

 

- Me extraña tu actitud… Pensé que eras más inteligente… -se dio vuelta para encararlo, y sonrió macabramente- Pensé que sabías cubrir mejor tus huellas…

 

- ¿A qué te refieres? -inquirió él, sintiendo un frío recorrerle la espalda- Vos fuiste la que borró el sistema de tu empresa, y te llevaste todos los datos del proyecto que me iban a entregar… -sonrió- Vos misma arruinaste a tus amigos… ¿Tanto querías vengarte de Elis y Max?

 

Nick guardó la postura, y con su mirada esmeraldina trató de contener las perlas color miel que le miraban insistentes. ¿Qué era lo que leía en los ojos de la fémina? No lo sabía. Se quedaron estudiando un segundo con las miradas, tratando de leerse los pensamientos, hasta que al fin la colorada habló:

 

- “El ladrón los crea a todos de su condición” -citó con una sonrisa- Un día escuché tu conversación telefónica, y supe que lo que querías era despedazar nuestra empresa… Comencé a rastrear todos tus pasos, y me di cuenta de lo que tramabas… -la sonrisa se borró de sus labios- No sos un trigo limpio, Nick… Quisiste usarnos, pero no contaste con que no me engañarías a mí…

 

- ¿Y si sabías, porqué no le dijiste a tus amigos? -respondió, y la señaló con un dedo, acusador- ¡Lo hiciste porque vos también querías aprovecharte!

 

- No… A Elis no le dije porque ella sí se enamoró de vos, y que a Max le hice creer que eran imaginaciones suyas, porque él hubiera solucionado a los golpes todo, mientras que esto era como el ajedrez… una constante batalla de ingenio.

 

Nick se quedó helado: ella lo sabía todo, y le había seguido el juego, sólo para proteger su empresa… Cerró sus ojos y agachó la cabeza: esta vez había perdido, y nada podía hacer. Sin decir nada, se dio la vuelta para irse, pero detuvo su andar, y volvió a dirigirle su palabra a Dana, que ahora estaba observando el paisaje, dándole la espalda.

 

- Una pregunta… -acotó, mirando de reojo a través de los vidrios polarizados del Mazda, para ver que ahí había cajas con los discos y todas las láminas y archivos- ¿Qué vas a hacer con toda esa información?

 

- Se la voy a devolver… -respondió con tranquilidad- Mi computadora tiene todo el sistema de la empresa, pero altamente protegido… Queda en ellos darse cuenta de la contraseña.

 

 

En el piso 22 de cierto conocido edificio, con solo dos siluetas en él, Max y Elis había vuelto a revisar todo sin éxito. Agotados y asustados, se sentaron en diferentes sillones, con la vista perdida en la nada, pensando que quizás ese era el fin de su empresa… y que quizás ellos lo había buscado de esa forma.

 

- ¿Notaste la diferencia?

 

La voz femenina retumbó en el vacío de la oficina, haciendo que las perlas platinadas y brillantemente grisáceas de los ojos del morocho, se levantaran audaces, saliendo del refugio que ciertos mechones de renegrido cabello ocultaban.

 

- No se de que me estás hablando… -respondió cortante.

 

- Ese beso… -y Max miró hacia otro lado, disimulando los recuerdos que pasaban delante de sus ojos, aturullando su desconcertada mente- Fue diferente a los que te dio Dana… ¿Verdad? -la rubia sonreía como siempre lo hacía.

 

- No se…

 

- Y… ¿Qué pensás ahora?

 

Cada palabra que decía Elis, sumadas a la sonrisa que esbozaba, parecían penetrar como cuchillos despiadados por cada poro de Max, confundiéndolo aún más.

 

- No se… -murmuró él, al fin.

 

- Si lo sabés bien… que sólo me seguiste el juego…-Elis se paró, e inclinó su rostro para que el cabello le cubriera sus facciones- Porque actué como Dana lo hubiera hecho…

 

Max giró su vista inmediatamente hacia la rubia que ahora caminaba hacia su propia oficina, y se levantó apurado para seguirla. Tenía muchas preguntas que hacerle, pero cuando cruzó el umbral y dio unos pasos, se percató de que Elis estaba parada frente a una silueta conocida.

 

El rubio de cabellos desalineados, un pequeño zarcillo con forma de argolla en su oreja, el porte juvenil, y su andar despreocupado, le helaron la sangre a Max, obligándolo a detenerse. Miró la situación, y vio que Elis trataba de contener las lágrimas, pero el rubio descaradamente y comenzó a caminar hacia donde estaba el morocho.

 

Cuando llegó, ambos se quedaron mirando a los ojos. En un movimiento casi instintivo Max desvió su mirada, pero ágil como un gato Nick lo tomó del cuello de la camisa, y apretando su puño derecho, le asestó un golpe en la cara partiéndole levemente el labio inferior, mientras un hilo de roja sangre caía por el borde.

 

La mirada de del rubio, tan llena de odio, resentimiento y exasperación, sumada a la creciente desesperación de Max, hizo que este no le devolviera el golpe, limitándose sólo a secarse la sangre con el borde de la mano.

 

- Entren ahí… -les ordenó, indicando la oficina de Dana, y con su mirada jade totalmente fría e inexpresiva.

 

Sin oponer resistencia, ambos entraron, y tras un gesto del rubio, se sentaron en diferentes asientos, ambos desviando la mirada, sintiendo como dos dagas esmeraldas los miraban profundamente.

 

- La propuesta para ir a Buenos Aires nunca existió… -comenzó hablando Nick, y Max intentó interrumpir- ¡Silencio! ¡Me van a escuchar! En realidad me contrataron para espiar su empresa, y para recaudar información sobre ustedes, para luego venderla y destruir la posible competencia para StarDust SRL… -hizo una pausa y continuó hablando- Desde que llegué, estuve recaudando información sobre ustedes, y tratando de arruinarlos…

 

- Entonces lo que escuché era cierto… -las lágrimas rodaron por el rostro de Elis- No era más que un juego…

 

Nick cerró sus ojos y contuvo sus emociones, como siempre lo había hecho: no podía sucumbir ante la belleza de la rubia, ni ante lo que él sentía… Primero…Primer tenía unas cuentas que ajustar, y un problema que solucionar, y para eso… aún le quedaban un par de mentiras por decir.

 

- Sí… -dijo al fin- Fue un juego, Elis… -y esas palabras, junto con las lágrimas de la chica, le demostraron que aún tenía sentimientos.

 

- Entonces, ahora podés devolvernos nuestras investigaciones y proyectos… -le exigió sarcástico Max- ¿No te parece?

 

- Yo no tome nada… -respondió él, volteándose hacia la puerta- Esa computadora es la única que tiene los datos… Los archivos de mi oficina, y todo el material que yo había recaudado sobre ustedes y la empresa, también desaparecieron… No fui yo quien…

 

Su voz se entrecortó, y agradeció al cielo que les daba la espalda cuando una lágrima surcó su mejilla. Nervioso, le dio un golpe al marco de la puerta, y los otros dos se quedaron impresionados en sus asientos, mirando a Nick fijamente.

 

- Mientras ustedes estaban cada uno en su mundo, Dana se dio cuenta de mis intenciones… y aún sabiendo que podrían llegar a odiarla, se llevó el material…

 

- ¿Y qué se supone que hagamos? -inquirió Max- ¡Lo único que funciona es esta computadora, y está encriptada con una contraseña!

 

- Max… -respondió Nick comenzando a caminar- Vos deberías saber esa contraseña.
Delirio de Foxys @ 23:58
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