Jueves, 01 de enero de 2009
Eran las cuatro de la tarde, y el piso 22 se encontraba vacío. Reinando un silencio caóticamente tranquilo, todo parecía derrumbarse estrepitosamente: con Elis silenciosa recostada en el sofá, y Max pensativo en el sillón de Dana, ambos se miraron y entendieron que, en sus mentes, buscaban las respuestas que no podía encontrar.

 

Max volvió a mirar el monitor, y vio el recuadro pidiendo contraseña, y no supo que hacer. Su nube de pensamientos lo estaba aturdiendo, y…

 

- ¿Se piensan quedar así?

 

Ambos levantaron la vista y observaron al rubio parado imponente en el umbral de la puerta, con la mirada severa clavada en Max. Por dentro, él deseaba volver a partirle el labio, pero algo más le preocupaba: el hecho de que Elis estuviera cerca de él, y que lo ignorara con tanta facilidad, hacía más difícil la situación.

 

- Ya probé de todo, y esto no arranca…

 

Max ladeó el rostro, pero el severo golpe que Nick le asestó al marco de la puerta, hizo que ese par de platinados ojos volviera a mirarlo.

 

- Que idiota… -masculló Nick.

 

- ¿¡Qué dijiste!? –definitivamente, el morocho no estaba para juegos.

 

- Que si al menos fueras sincero con vos mismo, sabrías la contraseña… -se dio vuelta para irse, y agregó- Ya es hora de que reconozcas lo que ocurre con Dana… -miró de reojo a la rubia, y comenzó a caminar- Lo siento, pero tengo detalles que arreglar…

 

Nick recapitulaba mentalmente todas las consecuencias que le traería haber tomado esa decisión: no sólo que no había cumplido con su trabajo, sino que también lo habían descubierto… y estaba en grandes problemas.

 

Caminaba tranquilo, pero en su mano estrujaba un papel que no se había animado a entregar. En su recorrido al ascensor, sus ojos se fijaron en un cesto de basura, y sus pies se detuvieron maquinalmente. Apretó con fuerza su puño, y con una sonrisa entristecida, soltó el papel dentro del cesto, para luego irse sin pensar en nada más que en lo que le deparaban las decisiones que había tomado.

 

Tan ensimismado se encontraba, que no se percató que Elis se acercó al cesto, y recogió el papel que Nick había dejado, para luego encerrarse en su oficina para debatir sobre si leerlo o no, y cuál podría ser su contenido. Llegó a su oficina, y se sentó en el sillón con el papel en las manos. Elis esperó… pensó… sintió… tomo el papel y… lo leyó…

 

Mientras tanto, y bastante frustrado, Max no sabía más que usar como contraseña. Había probado todas las marcas y modelos de autos que a Dana le gustaron, los nombres de todos sus ex, las marcas de pinturas de uñas, y hasta el nombre del perro que ella tuvo cuando era chica… Sí, cada detalle de la vida de la pelirroja para él significaba mucho.

 

Colocó sus manos sobre el escritorio, y apoyando su frente sobre ellas, pensó… pensó en todo lo que habían vivido, y cómo en un momento se había perdido, haciendo que una infinita sucesión de imágenes de una vida sin Dana le abrumaran los pensamientos.

 

Se fregó los ojos con las manos, y se ocultó a si mismo las prominentes lágrimas que amenazaban con salir, para surcar su rostro. Aún en ese estado, Max continuó pensando: las cosas estaban rozando un límite que no podía ser… era hora de que dejara de fingir y madurara, para convertirse en el hombre que debía ser.

 

Sí… esas palabras eran tal cual las que Dana siempre le decía. Si querer, muchos recuerdos de las cosas que hicieron juntos se cruzaron por su mente… Las palabras se agolpaban en su mente, y sus sentimientos comenzaron a tener nombre. ¡Que tonto había sido! ¡Tanto tiempo le había llevado reconocerlo! Su boca no pudo pronunciarlas, pero sus dedos escribieron dos palabras en la contraseña: “Te Quiero”.

 

En la oficina de enfrente, Elis seguía ensimismada, sin querer tener noción de lo que pasaba: había terminado de leer el papel que Nick había dejado, para darse cuenta de que era una carta, una nota… esa donde los sentimientos que, ahora oprimiendo el papel contra su pecho y empapándolo con sus finas lágrimas, se convertiría en su mayor secreto y tesoro, que guardaría con ella siempre.

 

De pronto, un molesto pitido se escuchó, haciendo que Elis mirara la pantalla: el sistema se había restaurada, y ninguna información se había perdido. Corrió a la oficina de Dana y se quedó mirando emocionada, sin que su rostro denotara expresión alguna más que perplejidad.

 

Al verla, Max se levantó y la observó con gran extrañeza en los ojos. Se acercó hacia ella con pasos tranquilos, para luego acariciarle el pelo como si se tratara de una niña pequeña, y continuar su camino hacia el ascensor, a un paso apurado.

 

Llegó a su deportivo a granes zancadas, lo encendió, y rápidamente salió del estacionamiento. Él sabía perfectamente donde Dana estaría: esa manía compulsiva de salir a la ruta para simplemente admirar el paisaje, sólo pertenecía a esa colorada de cabellos como el fuego que tanto le gustaba.

 

Luego de una interminable media hora a más de 150km/h, su Hyundai Tiburón se estacionó al lado del Mazda de faros ocultos y prominente alerón trasero, y ahí la vio: la pelirroja estaba de espaldas, ignorándolo deliberadamente.

 

Max se acercó a ella, pero Dana volteó sin siquiera mirarlo, y comenzó a caminar hacia su coche, pero una mano varonil y fuerte la sostuvo por el brazo, obligándola a detenerse y mirarlo. Lentamente, el morocho estiro sus brazos y, ante la fuerte resistencia que oponía la colorada con quejas y ademanes, enredó la cintura femenina, para abrazarla, y poder volver a sentir ese perfume que tanto lo enloquecía.

 

Levantó una mano, y enredó sus dedos en los hilos carmín de la cabellera de la fémina, pero Dana ladeó su rostro y él pudo ver como las lágrimas amenazaban con salir.

 

- Dana, yo… -como nunca, ella comenzó a sollozar, y el corazón de Max dejó de latir: nunca, en más de veinte años de conocerla, la había visto llorar- Te quiero… fui un tonto…

 

- No… basta… -la chica comenzó a empujarlo un poco más, y a tratar de zafarse de esa prisión que eran los brazos del morocho- No me querés… -susurró, ladeando su rostro.

 

- Tenés razón…

 

Al escuchar esas palabras tan cargadas de sinceridad, la colorada se sorprendió, y volvió a intentar escaparse, pero fue en vano: Max tomó con delicadeza su mentón, y levantándole levemente el rostro, la obligó a mirarlo a los ojos, mientras sus dos perlas grises la observaban, sin que Dana pudiera entender lo que leía en ellas.

 

- Yo no te quiero… -continuó Max- Yo te amo…

 

Dana cerró sus ojos, y sonrió levemente, pero sin rencor ni dolor, sintiendo la emoción d escuchar esas palabras, de forma sincera. Suavemente se apretó contra el pecho masculino, y enredó sus brazos por la espalda de él, para abrazarlo, y sentir lo que ahora era suyo. Al sentir tan provocativo contacto, Max inclino su rostro e, intuitivamente, sus bocas se buscaron, y sus labios se unieron en un beso cada vez más apasionado y verdadero.

 

 

Habían pasado dos semanas desde aquel día que no podía encender el sistema y, tras decirle a sus empleados que fue un mecanismo de seguridad ante un “intento de robo de datos”, todas las actividades continuaron bastante normales, habiendo perdonado todos, las cuentas pendientes de aquella vez.

 

Ese martes, era bastante temprano en la mañana, pero Dana ya estaba en la oficina. Vestida con una de sus habituales y cortas faldas de color negro y pequeñas tablitas, una camisa gris perla, zapatos de taco y aros prominentes que resaltaban el rojizo color de su cabello, la fémina estaba sentada en el sofá de su oficina, revisando el informe de actividad de la semana.

 

De pronto, Max entró y dejó unos papeles sobre el escritorio, y luego se dio vuelta… y la vio. Ella lo vio… y se estudiaron con la mirada por unos segundos. Max levantó la vista y vio que todavía no había nadie en la oficina, salvo Silvia que estaba lejos; volvió a bajar la mirada, y enfocó a la pelirroja que le sonreía provocativamente.

 

El morocho miró con descaro las torneadas piernas de su chica, y acercándose cual fiera al ataque, comenzó a devorar esos labios rojos que lograban quitarle el sueño. Dana colocó sus manos en la cintura masculina, y lo movió hasta que él se sentó a su lado, para luego pasarle las manos al cuello y acortar la distancia.

 

- Creí que era una empresa seria, y no un centro de cupidos…

 

Una voz masculina que ambos reconocieron retumbó en la oficina, y Dana y Max se separaron como si nada hubiera pasado. Estaba parado en la puerta con su habitual gracia y confianza, despeinado, y con una mano en el bolsillo del pantalón mientras que en la otra tenía un gran sobre marrón.

 

Ellos lo miraron… él los miró…

 

- ¡Que poco profesionales! -se burló Nick, adentrándose sin permiso en el lugar, y dejando el sobre en el escritorio- Tengo dos noticias: me mudo a rosario…

 

- ¿Esa era la mala noticia, verdad? -comentó suspicaz Dana, haciendo que Nick le sonriera con falsedad y encanto.

 

- Y la otra es que porque soy un hombre bondadoso, inteligente, exitoso y justo… -a cada adjetivo Max revoleaba los ojos- …les conseguí un contrato para trabajar con una empresa europea… -los dos arquearon las cejas en señal de desconfianza; el rubio carraspeó- Esta vez es en serio… -todo sonrieron: sabían que Nick esta vez no mentía.

 

- ¡Hay que festejar! -dijo Max levantando una copa invisible con su mano, y recibir un disimulado codazo de Dana.

 

- Yo tengo que irme ahora… pero festejen… -les sonrió cómplice.

 

- ¿No vas a esperarla? –preguntó Dana con rostro serio, poniéndose de pie.

 

- No… mejor cuéntenle ustedes, porque a mi no van a verme muy seguido…una vez que termine el papeleo.

 

La tristeza en su voz se hizo notoria, y sin más se alejó hacia el ascensor, justo cuando el primer grupo de empleados llegaba. El recorrido de 22 pisos hacia abajo, y uno más hasta llegar al estacionamiento en subsuelo del edificio se le hizo eterno. Cuando las puertas se abrieron, comenzó a caminar hacia su deportivo descapotable, pero el sonido del motor de una moto se hizo presente, haciendo nimios cualquier otro sonido.

 

La Honda CBR color azul eléctrico surcó el estacionamiento, con una sensual fémina de ajustados pantalones que entonaban en sus caderas, y que se bajó captando -sin que éste así lo quisiera- toda la atención de Nick. Con delicados movimientos se sacó el casco, dejando relucir su larga y sedosa cabellera rubia como el oro.

 

Él la miró… ella lo miró… se observaron mutuamente, y Elis se quedó estática: tenía otra oportunidad ante sus ojos, pero el se encontraba colocando la llave en la puerta de su auto, a unos metros de distancia de ella.

 

Caminó lenta y suavemente, y como el zigzagueo de una serpiente, lo rodeó con sus brazos y apretó su cuerpo contra la esbelta espalda rodeándolo con los brazos. Se quedaron así unos segundos, dejándole al rubio sentir cómo había extrañado esos delicados y sinceros abrazos. Con gran dolor dentro de sí, se dio vuelta y se liberó del abrazo.

 

- ¿Qué hacés? –le preguntó él, sin soltar sus manos, y penetrándola con su esmeraldina mirada.

 

- No voy a dejar que te me escapes de nuevo… -Elis le sonrió- Voy a perseguirte y acosarte hasta que me perdones…

 

Sus cristalinos ojos celestes expresaban tal ternura que Nick no pudo resistirse y, conteniéndose levemente, la besó en la frente, y la abrazó por los hombros, atrayéndola hacia sí.

 

- Voy a tener que castigarte entonces… -sonrió, mientras cubría el rostro de la fémina con caricias y besos.

 

Mientras tanto, Dana y Max se reían de la situación, tras haber estado observando todo con una de las cámaras de seguridad de edificio. Dejando de espiarlos, y sonriéndose mutuamente, se dejaron disfrutar de una escena que indicaba un nuevo comienzo… para los cuatro.

 

 

 

FIN
Delirio de Foxys @ 23:59
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Comentarios

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Delirio de Anonimo
Mi?rcoles, 20 de diciembre de 2017 | 7:59

una historia muy bien presentada, debo admitirlo. Soy un estudiante de la escritura de cuentos y, a menudo, el tiempo, tomo ayuda con Write My Dissertation para obtener una idea de avance para la sección de introducción.

Delirio de Anonimo
Mi?rcoles, 07 de febrero de 2018 | 8:38