Jueves, 01 de enero de 2009
El imponente Mazda RX-7 negro atravesaba la ciudad bordeando la costa con suntuosa calma, esquivando autos, motos, peatones y demás, llevando consigo a una conductora bastante apresurada.

 

En un momento determinado, un pequeño sonido producido por un rebaje de cambios frenó al deportivo, y acompañado de la luz de giro de la izquierda, se dirigió hacia el estacionamiento.

 

- Soy yo… -dijo una voz de mujer joven, al bajar un poco la ventanilla polarizada, y enseñado su permiso.

 

El portón automático se abrió rápidamente, y el Mazda bajó imponente.

 

Ya en el ascensor, la joven no se preocupaba más que por sostener su pequeño maletín con su mano derecha, y miraba lánguidamente los números de los pisos. Al llegar al 22 y último, las puertas se abrieron, y su oficina quedó a la vista.

 

El solo hecho de poner un pie fuera del ascensor, hizo que varios giraran sus ojos. La joven, de casi 25 años, era alta, de cabellos colorados, ojos marrones y desafiantes, postura erguida y pasos firmes. Vestía zapatos de taco negros, una pollera de tela gris ajustada unos centímetros, y con pequeñas tablas al final que acentuaban la forma de sus piernas, camisa blanca desprendida hasta el busto, y un pequeño collar dorado, a tono con los aros.

 

Al comenzar a caminar, no pudo evitar pensar en que estaba logrando lo que una vez había deseado: se había recibido joven, había logrado armar una empresa, exitosa empresa, con sus amigos, y se había podido comprar el deportivo que tanto le gustaba.

 

Continuó por el pasillo mirando el piso de porcelanatto finamente encerado y espejado, hasta que llegó al punto crítico de su empresa. Las tres oficinas se encontraban ubicadas como una T, y el escritorio de su secretaria en el medio.

 

Al acercarse, la mujer le entregó unos papeles, y le sonrió con tranquilidad. Silvia era una mujer madura, de avanzados cuarenta años, que esbozaba una gran paz interior con su mera sonrisa, y la parcimonia de estar conforme con su vida se realzaba con su mirada.

 

- Hoy es un día normal, Dana… -dijo tranquila.

 

- Eso parece…

 

Sin decir más, se dirigió hacia su oficina, al ver que sus dos amigos y socios estaban en la misma oficina. De fondo, su conversación totalmente centrada en las competencias de su empresa se escuchaba cual música a los oídos de un buen crítico.

 

- ¡Pero son motitas!

 

La voz provenía de una joven rubia, de casi metro sesenta y cinco de altura, ojos celestes y brillantes que al mirarlos hacían parecer que la vida era pura alegría. Con una mano en su cintura, y una expresión de enojo superficial, su ceñido pantalón de vestir negro marcaba sus curvas, y la camisa fuera del mismo hacían que el formalismo del lugar se viera opacado, pero al mismo tiempo remarcado por la forma en que esa ropa caía por su cuerpo.

 

- Elis… ¿Te pensás que me importa?

 

La jovencita lo miró desafiante. Tirado en la silla de su escritorio, con los pies sobre el mismo, y el jostick de su computadora entre las varoniles manos, parecía más un chico que el hombre que era. Sus ojos celestes tan claros que parecían grises, contrastaban con lo negro de su pelo. El pantalón gris oscuro con finas rayas blancas, y la camisa negra que tenía, denotaban claramente los 26 años que tenía.

 

- No, pero… ¡Son motitas antideslizantes!

 

- Mejor…

 

Y sin decir más, apretó con los dientes en lápiz que tenía en la boca, y las pequeñas marquitas negras que tenía, a las que Elis se refería con motitas, se rompieron, dejando descorazonada a la jovencita.

 

- ¡Cómo pudiste! –lo miró con rabia, y sus ojos solo se cruzaron con una mirada divertida, que parecía estar disfrutando de los acontecimientos- ¡Y encima lo disfrutás!

 

- Ajá…

 

- ¡Ya vas a ver! ¡Le voy a contar a Dana!

 

Y comenzó a tirarle las cosas del escritorio, pero la atención del joven pareció disiparse al escuchar el nombre de la colorada que acababa de entrar, y ya estaba frente a su laptop, haciendo el trabajo que él y Elis debían haber estado haciendo.

 

Raudamente se levantó y, luego de dejar el jostick en su santuario al lado del monitor, salió disparado hacia la otra oficina. A pasos largos y disimuladamente nerviosos, llegó hasta la puerta, y la abrió, recostándose en el marco de la puerta… Pero Dana pasó de su existencia.

 

- Tu pollera podría ser un poco más larga, porque… distrae a los empleados… -simuló enojo con esa risa pícara que lo caracterizaba.

 

- Me parece que no es a ellos a quien distrae… -dijo por lo bajo.

 

- Ajá…

 

La jovencita se paró, y pegándose un pequeño tirón a la pollera para vanamente bajarla un poco, caminó hacia donde estaba el joven, y enrollando unos papeles se los colocó debajo del brazo, y vio que Elis continuaba desordenando la oficina del chico, sin haberse enterado siquiera de su presencia. Rió para sí, y miró al morocho con un dejo de frialdad.

 

- Tenés que firmar esos papeles, Max… -y agarrándolo bruscamente de la corbata, se la ató como correspondía, y luego volvió a su sillón.

 

- Ajá…

 

Y su sonrisa se desapareció al escuchar el sonido de algo plástico caer al piso. Rogando vanamente que no fuera su preciado jostick, se dio vuelta solo para comprobar lo que ya sabía: su oficina era un lío, y la rubia continuaba destrozando el lugar.

 

- ¡La mato! –y golpeó el marco de la puerta con su mano izquierda, para salir como una furia a su sector, pensando mil formas de vengarse.

 

- Si… un día como cualquier otro… -masculló Dana- ¡¡Los formularios!! -y su grito resonó por todo el piso.

 

- Se, se…

 

Y el eco de la voz de Max fue acompañado de un gesto que hizo por el aire con su mano, concretando los pensamientos de la colorada: primero se ocuparía de Elis, luego del jostick, luego de su oficina… y si quedaba tiempo… quizás… de los formularios.

 

Al acercarse, enrolló los formularios, y le dio con eso a Elis por la cabeza, quien los tomó con delicadeza, y los hizo volar por el aire, para irse satisfecha por haber cumplido con su maldad del día.

 

- Sí… -murmuró Silvia, desde su escritorio- Mis niños están creciendo…
Delirio de Foxys @ 23:47
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