Jueves, 01 de enero de 2009
- Que activa que es la juventud de hoy...

 

Las palabras de Silvia, la secretaria de los tres socios y amigos de la empresa, se oyeron como un susurro, y muy pronto volvió a su trabajo. Observó con parcimonia el teclado de ese cacharro electrónico que parecía ser más inteligente que ella, y apretó una tecla, pero... era la equivocada.

 

Un mensaje de error apareció en la pantalla, y consecuentemente los programas se tildaron. En eso, y para su buenaventura, Dana venía caminando con una parte de los formularios en sus manos, cuando al ver a su secretaria sonriendo frente a un monitor que mostraba una computadora semi-tildada, apretó dos teclas, y la desbloqueó.

 

- Ya está, Silvia... Ya puede seguir trabajando... -masculló con total frialdad, y volvió a su oficina.

 

- Gracias querida... -respondió con total melosidad, para continuar la batalla con ese ser artificial que definitivamente era más astuto que ella.

 

Al volver camino a su oficina, Dana no pudo evitar observar la escena que Elis y Max hacían en sus propias oficinas.

 

Elis, aquella rubia de curveado cuerpo y mirada alegre estaba derretida en su sillón frente a la computadora, mientras se fregaba las cejas y lloraba por el lápiz con motitas que Max acababa de destrozar. En ese momento, se percató de que ese individuo acababa de llegar a su oficina, con una sonrisa maliciosa en sus labios, y un objeto de naturaleza indefinida para la rubia, entre sus manos.

 

- ¿Qué querés acá? -preguntó, con su mejor tono de chica fría e insensible.

 

Sin embargo, no obtuvo respuesta. Solo un fugaz movimiento en el que él le arrebató el lápiz de entre las manos, y con extremada precisión lo acercó a la boca del sacapuntas eléctrico que traía entre sus manos. Entonces, sus miradas se cruzaron: los alegres ojos celestes de ella ahora oscuros y sin brillo, y los grisáceos de él, resplandecientes por la venganza que iba a acometer.

 

- No serías capas... -dijo ella vanamente confiada, pero él metió el lápiz en el sacapuntas, y comenzó a sacarle punta- ¡Malo! -gritó sintiendo un escalofrío.

 

Pero Max sonrió, y continuó pasando el lápiz por el sacapuntas eléctrico, haciendo que las motitas antideslizantes que tanto le gustaban a Elis y que el lápiz tenía adosadas por todo el derredor, volaran del susodicho sacapuntas.

 

Sin pensarlo dos veces, e impulsada por los violentos hechos que acaba de presenciar, la rubia salió caminando a pasos firmes de su oficina, bajo la mirada segura, pero un poco temerosa del morocho. Al llegar a la oficina masculina, tomó suavemente el joystick entre sus blancos y finos dedos, y lo soltó.

 

Al caer en el piso, y con otra sonrisa más dulce, colocó el taco aguja de su zapato sobre el preciado KX4000 de Max, y comenzó a apretarlo. Al primer sonido de plástico roto, el joven ya estaba en el medio de su oficina, desafiándola con la mirada. Ella pisó más fuerte... y luego más... y más... hasta que el joystick quedó tan aplastado que Elis pudo pasarle caminando por encima y dirigirse con calma a su oficina.

 

Desde el otro lado, Dana había apoyado su brazo derecho sobre su escritorio, y con delicadeza sostenía su cabeza, mientras miraba resignada el espectáculo que los otros dos estaban llevando a cabo. Rogando al cielo, los dioses y a su Mazda que le dieran la tranquilidad y paciencia que necesitaba, se paró, y se fue caminando con su habitual seguridad hacia la oficina de su amiga Elis.

 

Al entrar, ella comenzó a llorar por el lápiz, y él por el joystick que se había roto, pero Dana les daba muy poca importancia. Con gatuna parcimonia se recostó en uno de los sofás de la oficina de la rubia, y cruzando las piernas, se quedó mirando la ventana que, en el piso 22, le daba paso a un bello paisaje celeste, proveniente de un día casi perfecto: casi, porque la discusión de los otros dos estaba tomando un carácter peor a cada instante.

 

- ¡¡Basta!! -gritó secamente la colorada, y ambos amigos detuvieron la argumentación- No van a llenar los formularios... ¿No?

 

El mero gesto de ambos le hizo darse cuenta de que tenía la razón. Sin decir nada más se paró, y sin siquiera dedicarles una mirada, se acercó a la puerta. Al abrirla, la volvió a cerrar, y dijo algo más:

 

- En ese caso, volveré a falsificar sus firmas... -masculló- Pero absténganse a las consecuencias...

 

Esas situaciones realmente la ponían de malas. Se acercó a la mesa, tomó los formularios, y taconeando sutilmente, pero lo suficiente como para que las cortas tablitas de su pollera se movieran al compás, se fue hacia su oficina.

 

Pero antes de comenzar a firmar eso, se recostó en el sillón, y miró a sus amigos, que todavía estaban discutiendo. Era algo raro: eran amigos, se conocían desde chicos... tantos momentos... tantos recuerdos...

 

- 25 años ya... -susurró casi imperceptiblemente- 25 años, y seguimos siendo unos chicos...

 

Al ver esa situación, su mente comenzó a divagar. Nuevamente, eran tantos recuerdos, tantos momentos, pero... Eso no lo iba a recordar. Eso no lo recordaba... ni admitiría que quería recordarlo.

 

Una larga hora pasó, y Elis se encontró ordenando su oficina. Curiosa pero disimuladamente, levantó la vista en busca de la de sus socios, pero solo pudo ver a Max tecleando a toda velocidad en su computadora, con seño fruncido y labios apretados, y a Dana con el rostro sostenido entre las manos, para tratar de evadir el cansancio producido por la monotonía de los formularios.

 

En ese momento, y justo cuando la rubia terminaba de limpiar todo, una llamada insistente sonó en el teléfono de Silvia, quien con su habitual sonrisa, se movió casi en cámara lenta para levantar el tubo del teléfono y atender.

 

- EDM Buenos días... ¿En qué puedo ayudarlo? -atendió mecánica, pero dulcemente- Si, un momento por favor...

 

Y tranquilamente, pensó a quién de los tres socios era el más adecuado para pasarle la llamada. Inmediatamente, activó el interno, y dijo:

 

- Señorita Dana, tiene una llamada en la línea 3...

 

- No estoy bien, que atienda Max...

 

Resignada, y preocupada, activó el otro interno.

 

- Señor Max, tiene una llamada en la línea 3...

 

- No estoy bien, que atienda Dana...

 

Y ya sin ningún otro recurso, activó el último interno.

 

- Señorita Elis, tiene una llamada n la línea 3...

 

- Si, pasala... -apretó el interno, y comenzó a hablar- Hola, soy Elis Dean ¿en qué puedo ayudarlo?

 

Desde el oto extremo, Dana miraba como Elis comenzaba a ponerse seria mientras hablaba, y se acomodaba la camisa dentro del pantalón de vestir nuevamente. Minutos después, salió caminando a pasos cortos y veloces, y dedicándole una sonrisa a Silvia, cruzó todo el piso, se subió al ascensor, y desapareció de la vista de los otros dos.

 

Al cabo de un rato, Max estaba también en el ascensor, cuando vio que cierta colorada venía caminando con su paso firme, moviendo las caderas, y llamando la atención de sus empleados. Al verla, detuvo la puerta, y la dejó entrar.

 

Tirado contra la esquina del ascensor, con las manos en los bolsillos, y sus ojos grises clavados en la nada, no parecía el mismo joven que horas antes había estado reviviendo momentos infantiles con Elis. Movió su vista, y observó a Dana apoyando sus espaldas contra la pared del ascensor, las manos en la espalda, y los ojos cerrados.

 

- ¿Almorzamos juntos? -preguntó.

 

- Bueno...

 

Sin decir mas nada, llegaron al piso 12 donde estaba el bar, y se sentaron en una mesa, con vistas a la hermosa costa de la ciudad de Rosario. Al llegar el mozo, ordenaron ensaladas, y otras comidas, y un buen vino para acompañarlos.

 

- Es fuerte ese vino... -acotó él.

 

- Pero es de buena marca... -respondió ella.

 

- Pero... con alcohol, nosotros dos... somos un peligro... -sonrió de una forma distinta a la de antes, como si estuviera recordando algo que había pasado... Pero Dana lo fulminó con la mirada.

 

- ¿Disculpame? -preguntó ella.

 

- ¿Te acordás aquella noche, hace unos años, cuando... -sus palabras se cortaron al ver los dos ojos marrones que le proporcionaban una penetrante mirada.

 

- ¿De qué tengo que acordarme?

 

- No... de nada... -respondió, tomando otro trago del vino.

 

- Ya me parecía...

 

- No se de que estás hablando...

 

Y así se pasó el mediodía. Los dos callados, comiendo... charlando esporádicamente sobre temas concernientes a su empresa, pero haciéndolo de forma rutinaria, como si no quisieran quedarse en silencio, porque sabían que así, algo iba a pasar: el silencio... no era bueno.

 

Luego de eso, volvieron a su oficina, y continuaron trabajando. Él planteando las bases para el nuevo sistema de redes, y ella programando el control del mismo. Ya tarde, cuando todos se habían ido, Elis regresó.

 

Así como entró, se encerró en su oficina con un paquete en mano, y comenzó a hablar por teléfono nuevamente. Al rato, les hizo un gesto a sus amigos para que fueran hasta el lugar, y al acercarse, ella se paró, y les sonrió ampliamente.

 

- ¡Lo conseguimos! -sentenció feliz al verlos.

 

- ¿A qué cosa? -preguntó Max.

 

- ¡La propuesta para Buenos Aires! -volvió a decir feliz.

 

- ¿Cuándo llamaron? -preguntó Dana, y miró expectante a Silvia.

 

- Esta mañana, señorita, y usted estaba ocupada.... -respondió la mujer, que justo entraba a la oficina, para decir que se iba.

 

- ¿Y porqué no me avisaste? -se quejó Max.

 

- A usted también le avisé...

 

- Bueno ya... -respondió Elis, evitando el tema- Van a llamar mañana a la mañana, y van a enviar a un representante durante la semana, para que arreglemos bien con él todos los detalles del proyecto y demás.

 

La charla se extendió un rato, y los tres decidieron quedarse trabajando hasta tarde, cada uno en una parte del proyecto, o trabajo alterno. Cerca de las ocho de la noche, Max decidió bajar al bar del piso 12 a comprar comida, y cuando volvió, encontró una caja sobre su escritorio.

 

Dejando la comida a un lado, tomó el paquete, y se percató de que se trataba de un joystick del mismo modelo que Elis le había roto. Miró su reloj, y se dirigió hacia la oficina de la rubia, para encontrarla durmiendo, con un gesto tan femenino, tan delicado, tan.... tan... atrayentemente frágil, que hizo que a duras penas resistiera la tentación de acariciarle el rostro.

 

En sumo silencio, la tapó con su saco y se fue, sin notar que cierta colorada caminaba rumbo al ascensor, con el maletín en una mano, y haciendo girar las llaves de su coche en la otra mano, tal cual como solía hacer en determinados momentos.
Delirio de Foxys @ 23:48
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Comentarios

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Delirio de ashtonmullens
Mi?rcoles, 08 de agosto de 2018 | 3:04

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Delirio de Harmayni
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Delirio de annashetty
Mi?rcoles, 14 de noviembre de 2018 | 0:45