Jueves, 01 de enero de 2009
Otro día como de costumbre empezaba con el despuntar del alba, y Elis llegó al edificio bastante temprano. En planta baja subió al ascensor, y como de costumbre, se recostó con un hombro apoyado en la pared, mientras miraba cómo subían los pisos. Al llegar al 22, las puertas se abrieron, y entró caminando despacio, y si hacer ruido con sus pasos, a pesar de los altos tacos que traía.

 

Cuando apareció cerca del escritorio de Silvia, pudo ver que sus dos amigos ya estaban en sus respectivas oficinas, cada uno metido en su trabajo, simulando ignorarse, mientras su secretaria cantaba susurrando, al tiempo que revisaba unas actas en la computadora.

 

- Buen día, Elis... -saludó cordial, y sin evitar la sonrisa tierna, le preguntó- ¿Es normal que aparezca este cartel en la pantalla?

 

La rubia miró el monitor, y se quedó helada al ver el mensaje: “Falla del sistema. Por favor, reinicie”. Apretando tres teclas reinició el ordenador, y su secretaria le agradeció infinitamente, por haber salvado a su compañera de trabajo de las garras de la muerte.

 

Sin demorar demasiado más, se dirigió aprisa a su oficina... Pero no fue lo suficientemente rápida como para que Max no la viera. Ataviada con un pantalón de vestir gris oscuro, tacones negros, camisa blanca y el cabello recogido, a su vista parecía más un ángel, antes que su amiga de la infancia.

 

Al entrar en su oficina, vio un pequeño paquete depositado suspicazmente sobre el teclado de su computadora, y cuando lo abrió, se dio cuenta de que era un lápiz con motitas, tal cual como el que Max había asesinado con el sacapuntas eléctrico.

 

-¡Mi lápiz con motitas! –gritó, de tal forma que hasta Silvia sonrió de lo que escuchó.

 

- La alegría ha retornado a su vida… -susurró, mientras continuaba peleando con la inteligencia artificial de su computadora.

 

- ¡Danita querida! –volvió a llamar a voz en cuello, y salió corriendo hacia la oficina de la colorada, que esperaba expectante, sin enterarse de lo que había ocurrido.

 

- ¿Qué pasó? –le preguntó sobresaltada, pero su amiga se le echó al cuello, y comenzó a agradecerle por el lápiz con motitas.

 

En eso, la pelirroja levantó la vista, y vio que Max estaba recostado en su sillón, con el joystick en la mano, mirando sonriente la escena. Pero no era una risa normal… el brillo de sus ojos denotaba que algo se tramaba, y la sonrisa que esbozaba hizo que Dana se diera cuenta de la forma en que estaba mirando a la rubia, que continuaba dando vueltas por su oficina.

 

Cuando todo volvió a algo cercano a la normalidad, las horas pasaron trabajando, charlando del proyecto, de lo que iban a hacer, de la propuesta para irse a Buenos Aires, hasta que llegó la hora del almuerzo. Charlando amenamente, se subieron al ascensor, y en el trayecto hasta el piso 12 donde estaba el bar, Elis y Dana no pararon de hablar de esos temas femeninos que tanto molestan a los hombres.

 

-¿No probaste de pintarte con el esmalte transparente? –preguntó Dana.

 

- Es que no se me había ocurrido…

 

- Es que así te duran más las uñas… ¿No sabías?

 

- No… -respondió la rubia mirándose las uñas.

 

- ¿Cómo no vas a saber? –preguntó Max, en tono de broma, y las chicas se lo quedaron mirando- ¡Si es re obvio, tonta!

 

- Seguí así no más, vos…

 

Llegaron al bar, ocuparon su mesa de siempre que ya estaba reservada para ellos y, luego de que el mozo les acercara la carta, encargaron pastas para ese almuerzo, y un buen vino para acompañarlo.

 

-Que raro… -masculló Elis, pero Dana pudo escucharlo- Ustedes bebiendo vino…

 

- ¿Algún problema? –inquirió Max.

 

- No… ninguno…

 

Minutos después de la mera acotación, llegó el mozo con la comida y la bebida.

 

-¿Vamos a salir este fin de semana? –preguntó Elis, sonriente y amena como de costumbre- Porque desde hace dos años que armamos la empresa, sólo hemos salido a almorzar o cenar juntos, y nunca hicimos como cuando éramos chicos…

 

-¿Salir? –preguntó Dana- ¿Este fin de semana? –sonrió, y desvió la mirada de los ojos de Max- Tengo otros planes, lo siento…

 

- Yo también –respondió el morocho, sirviéndose vino- Tengo un compromiso…

 

Elis suspiró, y supo que las cosas continuarían así, aquellos dos no eran fáciles de convencer, así que desistió de la idea de salir, y supo que tendría que hacer planes por su cuenta. Luego volvieron a su oficina, continuaron trabajando, y se hizo de noche. Dana salió taconeando, subió en su Mazda negro, y se fue a toda velocidad, cruzando el horizonte.

 

-Hay cosas que nunca cambian… -murmuró Max, que desde su estacionamiento la había visto.

 

Tras llegar a su oficina el lunes, Elis sólo pudo observar a través de los divisores de cristal, que Max y Dana parecían estar peleándose en la oficina de la pelirroja, por algo que había acontecido durante el fin de semana. Sin molestarse por ir hasta donde su amiga, la rubia dejó su saco sobre la silla, y con suma tranquilidad, fue a buscarse un café.

 

- Parece que de un momento a otro, comenzaron a gustarte los pañuelos para el cuello...

 

Max estaba tirado en el sofá de la oficina de la colorada, con los pies encima de la mesita ratona, una mano en el apoyabrazos, y la otra con las magas de su blanca camisa, semi-arremangadas. La escasa luz de la mañana que entraba por la ventana poco abierta, hizo que ella se viera obligada a torcer la vista para no encararlo.

 

Estaba parada frente a su escritorio, un tanto recostada sobre él, con las rodillas dobladas, una pollera tubo bastante cortita de color negro, camisa gris perla, y aros plateados. Mirándose las uñas con desinterés, hacía gala del pañuelo de seda que tenía en el cuello.

 

-Y yo creo que estás ocultando algo en ese brazo que no te arremangaste las mangas de la camisa. –respondió.

 

Se acercó bruscamente, y sin dudarlo un momento, tomó su brazo, y al girarlo pudo ver unas marcas de uñas femeninas en el brazo del joven. Pero rápidamente el la acercó hacia sí, tomándola con fuerza del brazo derecho, para correrle suavemente el pañuelo que tenía, y ver que tenía una pequeña marquita roja.

 

- Parece que tu fin de semana estuvo... ocupado… -acotó él.

 

- Y el tuyo parece haber sido agresivo…

 

Los dos continuaron discutiendo, sin darse cuenta de que Elis los estaba mirando, parada en la puerta, y tomando amenamente el café, como cualquier chico que mira una película interesante mientras toma su merienda.

 

-¿Ya terminaron?- Toma un sorbo de café.

 

Los dos notaron la presencia de la rubia, e inmediatamente se alejaron un poco, sin dejar de mirarse con mala cara.

 

-Hola Elis…- Saludo Dana acomodándose el pañuelo, mientras Max se bajaba la manga y se aclaraba la garganta.

 

- ¿Que tal el fin de semana chicos? -dijo, mirándolos inquisitivamente.

 

- Eh… Bien... -titubeó Dana, y el morocho la secundó con un ademán.

 

- Ah… ¿Si? -tomó el ultimo sorbo de su café, y lo apoyó con cuidado sobre la mesa, mientras los otros dos sonreían nerviosos- ...me alegro… -se acercó al marco de la puerta y antes de irse, los miró desafiantes y acotó- Por cierto… Los vi…

 

Al decir esto, salió como si nada, y los otros dos se quedaron mirándose cara a cara, preguntándose porqué ella los había visto. Pasaron dos segundos mirándose fijamente a los ojos, cuando reaccionaron, y al mismo tiempo quisieron reprocharse algo, logrando sólo decirlo a dúo.

 

- ¿A dónde fuiste el fin de semana? -corearon.

 

- Las damas primero... -dijo él.

 

- Las bestias primero... -corrigió Dana, y la tensión aumentó.

 

- A “Fantasy Light” a cenar con una amiga... -respondió él, vencido por la intriga.

 

- ¡Yo también!

 

- ¿Cómo que vos también? -el morocho estaba incrédulo- ¿Dónde estabas?

 

- Arriba... con un... amigo... -la colorada se aclaró la voz- ¿Y vos? ¿Con tu “amiga”?

 

- En la parte de abajo... -sonrió- y claro que era un amigo tuyo...

 

- ¡Hey! ¿Qué te pasa? -cambió el tono de voz, y sonrió sarcásticamente- ¿Estás... celoso?

 

- ¡Claro que no! -se corrigió, recuperando la postura varonil- Dejá de hablar tonterías...

 

- Estás celoso... -murmuro ella, gozándolo.

 

- Nada que ver...

 

Y sin decir más, él se fue a su oficina, sabiendo que había estado en el mismo lugar que Dana, y no la había visto. Lamentándose de no haber podido reconocer al “amigo” de la pelirroja, se sentó en su escritorio, y vio que ella lo miraba riéndose. Al ver la situación, fingió no darse por aludido, y comenzó a teclear en su computadora.

 

Era media mañana, cuando el teléfono sonó, y la noticia de que el enviado de la empresa StarDust, SRL la que les llevaría la propuesta de irse a Buenos Aires, arribaría en pocos minutos. Tras alistar todo, cada vez que el ascensor comenzaba a moverse, la tensión entre los tres amigos aumentaba. Sin embargo, a medida que el mediodía se acercaba, todos se fueron olvidando de que alguien llegaría.

 

A las doce en punto, un joven alto y delgado, cabellos rubios un tanto intencionalmente despeinados, ojos verdes, y postura confiada. Llevaba un traje negro, camisa blanca, y una corbata negra de seda. Caminando con el portafolio en una mano, y con la otra en los bolsillos, llegó hasta el escritorio de Silvia.

 

Con una sonrisa amplia y conquistadora, un tono de voz modulado y una postura segura, el joven decidió comenzar a emplear sus tácticas directamente con la apacible mujer, que lo miraba con una gran sonrisa.

 

- Buenos días... ¿En qué puedo servirle? -preguntó ella.

 

- Vengo de parte de StarDust SRL... ¿Puedo hablar con quién esté a cargo
Delirio de Foxys @ 23:49
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Jueves, 14 de junio de 2018 | 5:37